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Correspondencia y sermones.

No todas las cartas de Hildegarda han sido publicadas de las más de 400 que se conservan. Se encuentra en su correspondencia cartas a los Papas Eugenio III, Anastasio IV, Adrian IV y Alejandro III, a los emperadores Conrad III y Federico I (Barbarosa), a los obispos de Bamberg, Espira, Worms, Constanza, Lieja, Praga, al de Jerusalén y a varios prelados, sacerdotes, teólogos y abades de Germania, Francia e Italia. Hay también numerosas respuestas de estos personajes que se conservan en el monasterio de Rupertsberg.

En cuantos a sus “sermones” o predicaciones, que Hildegarda pronuncia en sus 4 viajes misioneros, fueron puestos por escrito a petición de los que la escuchaban. En un estilo directo y sin medias tintas muchas veces se dirigía al clero para llamarles la atención. Así a modo de ejemplo este es una predicación destinada al clero de Colonia:

“Deberías rumiar la justicia de Dios (…) presentándola al pueblo en el momento oportuno y no imponiéndola con violencia. Pero a causa de la obstinación de vuestra propia voluntad, no lo hacéis (…) os escondéis como culebras desnudas en vuestras cavernas (…) Perdéis el tiempo en niñerías (…) Estáis ciegos, ¡ya que vuestras obras no brillan delante de los hombres con el fuego del Espíritu Santo (…) Toda la sabiduría que habéis escrutado en las Escrituras se encuentra escondida en el pozo de vuestra propia voluntad! Todo lo que sabéis, lo que tocáis y padecéis, ¡lo sepultáis en la satisfacción de vuestros deseos y engordáis de carne como niños que no saben lo que hacen! ¡Deberías ser el día y sois la noche!

La voluminosa correspondencia de Hildegarda conservada hasta nuestros días, nos da testimonio de su honestidad intrépida, fruto de su preocupación por la salvación de las almas y de la Iglesia. La fama que tenía de Santa era la fuente de su influencia que tenía en su tiempo en los debates religioso y políticos.

En el siglo XII, para una religiosa que se supone que tenía que quedarse enclaustrada, sus viajes misioneros y sus predicaciones en público, son cuanto menos curiosos. Sin embargo Hildegarda no es una revolucionaria, simplemente está enamorada de Dios, de la Iglesia y de las almas.